En vista de que no tenía tiempo para realizar las cosas del hogar por las muchas horas que pasaba trabajando, decidí contratar a una sirvienta. Ella venía de un pueblo lejano, y fue ella misma quien se ofreció a trabajar para mi familia por un monto aceptable, además de alimentos y una habitación.
Así fue, se llamaba Vilma, y era muy buena con mis pequeños hijos, los atendía desde que desesperaba mientras yo salía a trabajar a tempranas horas. Los llevaba a la escuela y los recogía. Era bastante cariñosa y mis pequeños le tenían un amor inmenso. Siempre preguntaban por ella, cuando se ausentaba los domingos para ir a ver a sus familiares.
En un corto tiempo se ganó no solo el cariño de mis hijos, sino el mío y el de mi esposo. Cocinaba delicioso y jamás se quejaba de nada. Eso era bueno porque creíamos que la hacíamos sentir bien.
Sin embargo, poco tiempo después pasó algo trágico. Iba bajando las escaleras apurada por abrir la puerta y se cayó. Se fracturó la pierna y tenía que estar en reposo. Mi esposo y yo, cubrimos todos los gastos de su recuperación.
Ante esto, no queríamos que nadie reemplace a Vilma, entonces que mejor que reemplazarla momentáneamente con un robot que hacia las labores domésticas, llegó al Perú y decidimos adquirir uno, ya que no queríamos contratar a otra persona y menos que Vilma se sienta mal. Pasaron los meses y se recuperó. El robot se fue a almacén.








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